viernes, 2 de enero de 2015

La Palabra Pueblo


La Palabra Pueblo

Nada tan peligroso en la actualidad como el manejo de esta palabra... Pueblo, calificado demagógicamente, es dinamita. Políticamente, es demagogia. Y en realidad, es tan cotidiano su significado como lo es el de las piedras del campo, las hojas de los árboles o las estrellas del cosmos. Pueblo es lo que está sobre la tierra y es inteligente. Pueblo es cada una de estas gentes que viajan, están, sobreviven, agonizan o vegetan en ciudades, villas o pequeñas aldeas. Pueblo somos tú y yo, quienesquiera que seamos. Y no hay por qué tenerle miedo a una palabra que nos identifica, que nos limita, que nos define y que nos compromete. 

Hasta hace algunos años, hablar del pueblo era hablar de "La Chusma". De "La Broza". De toda capa inferior en la sociedad. Y este concepto se endureció, al grado de crear castas privilegiadas y seres intocables, que cobra multitudes anónimas y existencias amorfas. 

Se nos olvida a veces que el noventa y cinco por ciento, cuando menos de los seres que han valido la pena en el planeta, no nacieron en pañales de seda. Provenían de una cuna humilde, lugar común del genio, del eterno inconforme, del generador de ideas, emociones y decisiones trascendentes. 

Pueblo era Mahoma, Sócrates, Jesús de Nazareth, Esopo, San Pedro, por no mencionar más que a unos cuantos. Unos dejaron su mensaje de amor, otros de sabiduría. Todos, de humanidad. Cervantes, Shakespeare,  Miguel Ángel, Beethoven, Walt Withman. Pueblo, los genios de este siglo, la mayoría siempre. Y los que nacieron en la abundancia, generalmente la abandonaron para hacerse simples, como las gentes comunes, Einstein, sin ir más lejos. 

Si somos pueblo, somos libertad y responsabilidad al mismo tiempo. Libertad para ejercer nuestra vida suprema, responsabilidad para invitar a otros a ser como nosotros. 

De ahí que si nos volvemos miserables y mediocres, traicionaremos a aquellos que son menos que nosotros, pero que merecen más y necesitan tenerlo. 

jueves, 19 de junio de 2014

La Diaria Covivencia

Adoptar un niño

Hace días aprendí algo más. Alguien me decía casi inocentemente: "Fíjate que fulano, adoptó un niño..." 

Detrás de esta frase hay tal contenido de humanidad y trascendencia, que pensé dedicarle tres minutos al día. Hoy lo hago. Mi admiración sincera para quien pudiendo o no tener descendencia elige un ser y lo lleva ante la ley para decir: "Lo quiero, me hago responsable de él. Lo llamaré hijo de hoy en adelante. Lo reconozco ante mí y ante todos, como entraña, como posesión y como descendencia. Lo adopto y le entrego parte de mi existencia entera..."

Es conmovedor que nazca un niño. Pero más conmovedor que haya nacido con un probable destino incierto y que alguien se haga responsable de él.  Nacer, pienso yo, es un mero resultado biológico. Crecer, educar, realizar como esencia humana a una criatura, eso es verdadera paternidad íntegra. 

Porque conozco padres cuyos hijos están por ahí, con apellido solamente. Son hijos de membrete, sin costumbres paralelas, sin afectos entregados, sin más categoría de hijos que un simple acto biológico y tiempo de por medio. Ser padre, creo, no es dar vida solamente, es entregar una forma de vivir, enseñar a caminar con los pies y con el alma, educar a los ojos para que verdaderamente se asome el espíritu propio, al mundo en que vivimos.

¡Que dura, qué difícil, que complicada y qué exigente es la paternidad! Y no hablemos de la responsable que nos disparan desde campañas publicitarias. Hablemos de la paternidad verdadera, de aquella que encierra no un montón de células más que lloran, sino la paternidad que guarda la vocación de dar, de sostener, de cultivar el alma, para decir "Te quiero".

La adopción tiene sus normas, sus condiciones, sus preceptos. Pero lo más admirable es la voluntad de aceptarla. Generalmente nos perdemos en el deslumbramiento del parto materno y nos quedamos festejándolo toda la vida. Y para quien ha estado vigilante, solícito y disponible en la necesidad  cotidiana, para el padre, poco decimos siempre.

Para ti, que adoptaste ese niño, amigo mío, mi admiración sin límite. Porque demuestra la voluntad de amar en definida forma. Y al reconocer como hijo a ese ser indefenso, te ennobleces y comprometes para siempre. En ti, la categoría de padre encuentra su más desinteresada y entrañable expresión.

La diaria convivencia

¡Qué difícil es perdonar los defectos del prójimo, si queremos ser virtuosos!

Siempre los demás tienen la culpa. Son impacientes. Son tercos. Son agresivos. Son avaros. Son esto. Y aquello.

Nosotros somos los comprensivos. Los generosos. Los cordiales. Los pacientes y agradecidos. Los sufridos.

¡Cuidado!

Estamos cometiendo una falta grave y tonta. La que cometen desde hace miles de años los que no son mansos y humildes de corazón. Estamos viendo "la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio..."

Nos hemos puesto a pensar ¿por qué...? Por una sencilla razón:
No sabemos convivir.

Eso. No sabemos compartir con los que nos rodean, virtudes y defectos. Por eso batallamos más. Porque si supiéramos descifrar el secreto de la convivencia, no viviríamos amenazados por la amargura y el resentimiento. Seríamos tratables, corteses, comprensivos. Y hasta afectuosos. 

Convivir es pasar el día, las horas, los momentos, en franca idea de compartir. Debe entender. De olvidar y de soñar un poco que podemos ser mejores. La convivencia no es fórmula secreta, es razón vital que hay que poner en práctica.

El vecino tiene un apuro: le ayudamos. Un desconocido sufre un accidente: lo auxiliamos. Una mujer pide una caridad: buscamos solucionar su problema. Alguien nos saluda sin conocernos. Correspondemos amablemente. Otros nos fastidian. Les tenemos paciencia. Otros nos pagan con celo y hasta envidia. Las perdonamos sinceramente.

Eso es convivir. Llevar la vida con el otro. Ayudándole a entender que el amor es la fuerza más grande del mundo.


El arte de preguntar

Decía el refrán antiguo: "El que pregunta, llega a Roma". Y en verdad preguntar es todo un arte.

Hay gente que en la vida se dedica a responder. Y entre más cosas responde más valor cree tener. Y hay otras gentes, que por el contrario, preguntan, preguntan. ¿Recuerdan a Sócrates? ? Era un preguntón incansable. Se salía a las calles a plazas de Atenas y no cesaba de preguntar. Al juez le preguntaba que era la justicia, al gobernante lo que era la libertad, al soldado lo que significaba la guerra y el filósofo que era el amor o la verdad.

Hasta la fecha, la técnica de Sócrates sigue válida. Porque las respuestas que provocó en los de su tiempo, resultan a veces inmortales. Porque Sócrates atenazaba a su prójimo y lo acorralaba hasta obtener una buena respuesta. Y en eso radica el arte de preguntar, en saber obtener respuestas claras.

Ante las preguntas, todos reaccionamos en diferente forma. Lo vemos todos los días. La mayor parte de nosotros respondemos en forma improvisada o trivial, cuando no en forma agresiva o equivocada. A veces, la pregunta torpe, puede provocar la respuesta más sabia. ¿Por qué? Porque quien responde saber pensar antes de abrir la boca. ¡Qué pocas personas tienen esa virtud!

Recordemos a Cristo. En los evangelios, encontramos como lo acosaban con preguntas y como respondía. En El, hubo siempre el arte de la respuesta, en sus inquisidores, el deseo de confundirlo.

No tengamos miedo de preguntar. El mundo necesita de gente que sepa preguntar. Sobran los que se pasan los años respondiendo, aunque no les pregunten nada, ejemplo de ello hay en los malos políticos, que antes que respirar, producen declaraciones para todo.

El sabio observa, pregunta, medita. El necio, habla, obra sin base y confunde a quienes lo rodean. Para preguntar, necesitamos algo de humildad, puesto que si lo hacemos sinceramente, confesamos no saber lo que preguntamos. Y en el mundo actual todos lo sabemos todo. La "Tecnología" es una ciencia que dominamos desde que tenemos no uso de razón, sino uso de vanidad. Y como buenos "todólogos", de cada diez cosas que sabemos, nueve están equivocadas.

Preguntar es noble. Sepamos hacerlo con honestidad, con claridad y a quien corresponda. De las respuestas que escuchemos se enriquecerá nuestra vida.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Quien Educa a los Padres

Es idea generalmente aceptada que los padres eduquen a los hijos. pero ¿quién educa a los padres? parecerá absurda la pregunta, pero debemos de ir pensando en alguna respuesta práctica. Los padres nuevos, desorientados y ocupadísimos. Los padres antiguos, con otra perspectiva de la vida, marginados quizá en la opinión afectiva de los hijos.

aunque no sea muy científico generalizar, es válidamente humano decir que en cada hogar, hay un problema con los hijos. Y ellos responden con rebeldía, evasión conflicto o soledad a la incomunicación con los padres.

Somos los padres responsables de  los hijos, pero no sólo en accidente biológico "por Voluntad de Dios", sino en aceptación de amor y  compañía. Por eso, aislarnos de ellos y creer que la escuela los educa, es caer en un riesgo admirable: El de que nuestros hijos sean tan educados como desconocidos para nuestra calidad de autores o responsables de su existencia.

Cuántos padres repiten el pequeño drama de la violencia que lleva la tragedia. Cuántas madres urgidas por la necesidad, dejan a los hijos a su buena suerte la mayor parte del día. El ausentismo del padre en el hogar y la impotencia de la madre para controlarlo, acarrean para los hijos catástrofes internas que se reflejan en la escuela, en sus relaciones afectivas y hasta matrimoniales futuras.

Urge que los padres encontremos una manera de educarles, no en el sentido escolar de tomar cursos, sino de enterarnos con la debida orientación para dialogar con los hijos e interpretarlos adecuadamente. Esa manera de darnos cuenta a ellos. Recordar como padres que somos, que la autoridad no se impone en el hogar, se merece. Imponerla ciegamente es invitar a la rebelión. Merecerla inteligentemente, es convivir y enseñar a  vivir.

¿No nos creemos muchos padres la última palabra en sabiduría y en educación hogareña, ignorando la realidad de nuestros días? Acaso es así. Exigimos todo un tratado de obediencia sin saber nosotros siquiera una verdadera palabra de amor.

Si queremos en verdad a nuestros hijos, instruyámonos en una y otra forma, reflexionando siquiera, en la forma de comprenderlos. Démosnos cuenta de que una cosa es el orden y el otro el pánico creado para imponerlo.








viernes, 8 de marzo de 2013

La Fuerza de la Debilidad

Esos Pobres Millonarios
Todos soñamos con tener un día un millón. Dinero, ¡dinero! Según la geografía y el tiempo, denarios, escudos, talegas, dólares, pesos, euros... Pero dinero al fin. Panacea de todos los dolores, ábrete sésamo de la justicia, llave de puertas y ventanas en la tierra, el oro impone su fuerza al compás de su deslumbramiento.

Hay una curiosa forma de vivir en el mundo, la de los millonarios. Todos nos los imaginamos felices, sonrientes, metiendo la mano a la bolsa indefinidamente o firmando cheques de una cuenta bancaria que no se agota jamás. Y los creemos los seres más afortunados de la tierra...

¡Qué equivocados estamos!

Basta investigar un poco, para saber que los millones traen consigo no sólo la fantasía del poder y de la felicidad, sino que acarrean la maldición de la intranquilidad y la angustia. El que sólo tiene millones y no tiene alma para administrarlos, vive esclavo de sus temores: La miseria, la salud, la soledad, la desconfianza.

Aquél, está deshecho de los nervios. El otro, despierta varias veces por las noches, acosado por la angustia del robo. No falta el que ve en el prójimo al enemigo que le quiere quitar todo. Y ése, el solitario, compra todas las risas ajenas, pero no encuentra la propia. Y qué me dicen de ese otro, que con su úlcera y sus dolores secretos, lleva un infierno debajo de la camisa que protege su cuenta bancaria... ¡Pobrecitos millonarios...!

Dios los ha colmado de oro, pero también de pruebas muy difíciles: Las que purificarán su espíritu del peor de los amores: El amor al fantasma más esclavizante de todos: El dinero.



Hermano: Si tienes la dicha de poseerlo todo, acuérdate de los que no tienen nada. Porque tú, con tu dinero, puedes ser más desdichado que el que pide limosna. Porque él, en su amargura, halló a Dios. Y tú estás perdiéndolo con cada billete de banco que atesoras. Si tienes, reparte entre los pobres. Así todos tus millones pueden convertirse en un centavo de amor, única moneda que se acepta como pago para entrar en el reino de la paz...

Cómo Perder el Tiempo
Desde hace años, miles de años la gente anda preocupada por saber qué es el tiempo. Libros gruesos, conferencias largas, teorías complejas, demostraciones fantásticas, todo lo hacemos para tratar de demostrar el tiempo.

Y resulta que mientras buscamos desesperadamente al tiempo, él se nos pierde, se nos escapa, se nos diluye como agua en un cedazo, como aire en la ventana, como sonido que creímos escuchar y no recordaremos nunca. Hace siglos un refrán se acuñó: El tiempo perdido los santos lo lloran. Sabia y enorme frase que si penetrara más frecuentemente en el cerebro, haría palpitar más acertadamente al corazón.

¿Quieren una receta para perder el tiempo? Hay miles y creo que tú inventas más cada día. Yo por mi parte, he practicado cientos de formas de perder el tiempo. Pero la más terrible es la que llevamos a cabo sin darnos cuenta: Matar el tiempo mientras él nos mata.

Espeluznante es la anécdota de don Juan Manuel dedicado a rondar por las noches, hace siglos, en busca de una respuesta: En un callejón y a altas horas de la noche detenía Juan Manuel al transeúnte solitario con una clara pregunta: "Perdone su merced, ¿sabe usted qué hora son?" El interrogado respondía por ejemplo: "Serán las once y cuarto". Don Juan Manuel con un extraño gesto agregaba: "Dichoso el cristiano que sabe la hora en que va a morir". De inmediato le asestaba una estocada en el corazón a quien, sin entender absolutamente nada, se le hizo consciente un instante lo efímero de la existencia.

Terrible anécdota, pero ejemplar. Porque hay un momento en el que transitando nosotros solitarios por el callejón de la vida, alguien nos preguntará la hora. Y en ese instante tendremos conciencia no de esa hora en particular sino de todas las horas perdidas sin remedio.

En el mundo de los negocios se afirma, se exige, se grita, que no debemos perder el tiempo. En el mundo del espíritu no hay jefe inmediato que nos exija nuestro horario de superación. Somos vagos de nacimiento, ociosos por naturaleza, flojos de necesidad. Nuestra alma paras echarse a andar necesita del látigo de la angustia o del dolor, del callejón sin salida de lo irremediable.

Hermano: No perdamos más el tiempo. Lo tenemos recuperado y atesorado en cada instante de nuestro existir. De este minuto, como de un grano de trigo, pueden nacer un sembradío, un prado, una llanura entera de alimento celeste. Porque el tiempo es una medida virtual, imaginaria, supuesta, viva y verdadera. Solamente cuando nuestra conciencia le exige su presencia infinita, el tiempo florece sin cesar.

Este minuto puede ser como este mundo. ¿Qué acaso nuestro planeta tierra no es más que una simple, miserable, maravillosa y única gota de agua en el universo?

No perdamos el tiempo, no perdamos la tierra. Aprendamos la magia de vivir.

Alegría y Secreto de Vivir
Si, vivir es muy hermoso, aún invadidos por el dolor. Porque vivir es tener conciencia de nosotros mismos y de lo que nos rodea. Vivir es generar ideas, afectos, trabajos y soluciones. Vivir es estar feliz, aunque nuestra existencia tenga problemas y nuestra supervivencia sus complicaciones...

Veamos el ejemplo del bosque: Hay árboles gigantes, cuyo tronco se eleva por encima de todos. Hay otros árboles medianos, casi asfixiados por los mayores, pero luchando por alcanzar la luz del sol... Todos los árboles viven su existencia a su manera y nadie, según se aprecia, mata a los demás para sobrevivirse a sí mismo. Son los follajes que casen y se pudren, las hojas muertas que descienden solas, las que abonan y fertilizan la tierra en un eterno renovar de energía y gana de florecer. 

En el bosque de la existencia nos pasará lo mismo. Hay poderosos, hay medianos y hay pequeños. Y hasta parásitos. Todos, en un concierto que no se puede negar, puesto que es la sociedad misma. En este concierto social tú y yo tenemos una función. Y debemos desempeñarla en pleno juicio. Quien sea médico que cure enfermos. Quien venda jugos, que los haga bien. Quien haga esto o lo otro, que lo realice con certeza. Y a cada quien lo suyo, sin destruir lo otro.

De lo contrario, la alegría de vivir se convierte en la furia de vivir. Y es entonces cuando se hiere, se estorba, se intriga, se agrede o se mata. Cuando la furia de vivir llena el espíritu. Una furia ciega que no es creativa, es destructiva.

La vida se nos da gratuitamente y sin que la pidamos. Respetémosla en nosotros mismos y en el prójimo. Que el trabajo sea el origen del desarrollo, que la lucha psicológica por serlos mejores no degenere en lucha fratricida. Porque, el que a hierro mata, a hierro muere. Y quien levante una vez más la mandíbula en la diestra, como Caín, para acabar con su hermano, sentirá el ojo de la justicia sobre su conciencia, hasta la muerte.

Disfrutemos de la alegría de vivir. Tú y yo, ella y él, todos nosotros.

Vivamos con la esperanza de sobrevivir. Hagamos de esta casa, de esta ciudad, de este país y de este planeta, algo habitable y limpio. Limpio en ideas, acto y esfuerzo. Esta alegría de vivir que nos ayudará a hacer de lo que somos, algo recordable, algo digno de nuestros hijos y de nuestra categoría irremplazable de seres humanos libres, animosos, razonables.

El Arte de Desconfiar
Desconfiar es común, pero no es justo. Desconfiar es el verbo que al conjugarse, desarrolla más energía desorientadora de la que nos imaginamos.

Alguien nos dice algo y desconfiamos. Comenzamos a perder puntos en el ascenso del vivir. Porque nuestra duda del otro, hace que se desate esa pequeña tempestad interior de la inquietud, el rechazo. Tempestad que logra despertar oleajes tardíos, lluvias angustiosas, nubarrones amenazadores, relámpagos de celo y confusión

Cuando tú desconfías de mí, hay algo que entre los dos no existe: La credibilidad. Si yo pierdo la fe en tí, lo he perdido todo, aunque me rodee la seguridad económica, la responsiva de la salud, el apoyo de mucha gente que me puede decir: "Qué hermosa vida llevas! Eres feliz de los pies a la cabeza..."

Y eso es mentira, Nadie es feliz si desconfía de alguien que ama. La desconfianza es como un extraño virus, que se filtra por los ojos, por los oídos, haciendo de la mente una fábrica desaforada de cosas tristes y solitarias.

Cuando yo desconfío de tí, se me derrumba un mundo interior que me pertenecía por derecho de amor. Se me desploma esa escalera de ideas y de afectos que me servia para ascender al entusiasmo.

Cuando los dos desconfiamos, hay una grieta enorme, trágicamente invisible que nos va alejando, alejando, hasta hacernos ausentes enfrente uno del otro. Hasta convertirnos en grandes enemigos, unidos solamente por el débil cintillo de lo social inevitable.

¿Por qué no pronunciar esa palabra...? ¿Por qué no distender ese gesto de odio simulado? ¿Por qué no decir lo que llevamos dentro como semilla incómoda, para matar ahora lo que será hiedra asfixiante el día de mañana?

Hablemos. Digamos lo que tengamos que decir para recuperar esa confianza. No importa lo difícil, lo terrible, lo desesperante que resulte. Solo serán momentos de acomodo, de reajuste de sintonía dolorosa, que al fin y al cabo renacerá la confianza si sabemos hablar.

Porque en el fondo de un gran amor, de una gran amistad, de una gran compañía, yace, como hilo de agua permanentemente luminosa, la confianza en el otro.

No convirtamos esta vida cotidiana en un arte amargo y áspero. No nos graduemos al paso de las horas y los días, en expertos ingratos. En doctores inútiles. No seamos los que señalan con un índice diciendo. "Mira, ese es maestro único en el arte de desconfiar..."

La Importancia de las Pocas Pulgas
La pulga es un animal simbólico. Nadie lo ve, pero molesta mucho. Y alrededor de ella, se desata un mundo interesante: "Cuidado con fulanito, es de muy pocas pulgas"...

¿Que acaso menganito, por ser más aguantador y paciente, tiene ya muchas pulgas...? Enigmas de la historia. El mal carácter, el hígado infeliz, el berrinche a flor de labio, encierra la idea de las pocas pulgas.

¿Y cuando decimos que al perro más flaco se le cargan las pulgas...? Ah, entonces queremos decir que los fregados en este mundo, somos pulguientos. ¡Qué poco poético es todo esto...! Pero es real.

Si quieres defender tu tiempo, tu manera de pensar, tus decisiones vitales, espántate las pulgas. Quédate con pocas, Aunque no te puedan ver los aduladores, aunque ya no te saluden los caravaneros, convéncete que las pulgas que tu tienes son escasas y de buena calidad.

Si no me crees, haz lo contrario. Déjate invadir tiempo y dinero, permite que los demás te acorralen con alabanzas gratuitas y te arrebaten lo que te pertenece, llámese dinero o sueño. Entonces te despertarás un día rascándote el corazón desesperado: ¡Ya no aguanto esta vida! Mejor sería vivir como ermitaño que en medio de tanta soledad tan bien vestida, rodeado de tanta palabra sin significado, acosado por tanto aullar de lobos que pretender sonreír...

Si eres de los que piensan que hombre es el mejor amigo del perro, cuídate. El perro vive feliz. El infeliz es uno que necesita del perro. ¿Y las pulgas? Brincan, brincan de un espinazo a otro, sin piedad y sin destino.El perro es el mejor amigo del hombre, bien. Y hasta ahí. Que el agua de los ríos va hacia el mar y nunca el mar ha tenido la intención de ir, cuesta arriba, a conquistar las montañas.

Tu eres un océano de posibilidades. Eres, si así lo deseas, un perro cazador Pero recuérdalo: Un Perro cazador de estrellas. Un perro que persigue los dibujos de la luna en el camino. Un perro que vigila una casa llamada eternidad, esperando que se abra su puerta, por que, un día...

Noble animal, hermoso animal el perro. Símbolo de fidelidad y de vigilia. Ojalá algunos de mis amigos tuvieras su entereza, su alegría y su serenidad. Pocas pulgas tendrían en el lomo y muchas, muchas ilusiones en eso que se llama corazón.

Un aprendiz de poeta
Es un buen muchacho. Se acercó a mi, trayéndome sus versos, sus inquietudes juveniles, llenas de confusión, sensibilidad, audacia y hasta desaliento. Quiere publicar un libro un día. Quiere salirse de sí mismo. Decirle al mundo: "Aquí estoy... ¡Convívame...!

Por que el poeta, aunque mucha gente no lo crea, no es el ser ajeno y arrinconado sino el más deseoso de estar con todos. El que busca convivir y ser convivido. Los mejores poemas en un cajón del escritorio o entre viejos papeles, no tendrán nunca sentido. Un poema, bueno o malo, sólo adquiere soplo vital cuando alguien lo lee, y dentro de él, halla una chispa de comunicación espiritual, relámpago afectivo, un vago sentimiento de "ese soy yo... esto, lo vivo... aquí desearía estar..."

¡Hay poetas perfectos. Cerebrales. Matemáticamente impecables. Su gramática es de mármol, su palabra es de cristal, su expresión es una orfebrería. Pero no llegan a tocar eso que hace sobrevivir al poema. Son excelentes constructores de estructuras, pero les falta el soplo esencial, la identificación con nosotros, con todos los que vibran y pulsan el telar de la vida diaria.

Sólo es la memoria del pueblo la que consagra a quien escribe. Aunque los críticos de una generación se pasen diciendo maravillas de quien admiran, si el pueblo mismo no lo percibe, no lo convive, ese alguien irá al archivo luminoso de los sombríos conocedores de literatura perfecta.

Le dije a este muchacho que escribiera más. Que siguiera intentando. Que no se detuviera ante el aplauso o ante el rechazo. Que el destino de un poeta no es el anteojo de un buen crítico, sino los ojos mismos del alma con los que lee el pueblo.

Que pena me daría que se fuera convirtiendo en poeta de ajedrez, en sensibilidad de computadora, en cinemática de lenguaje intocable. Los diccionarios quizá ganarían otro nombre. Y el pueblo quizá hubiere perdido otra oportunidad para charlar consigo mismo a través de sus palabras.

Las Cosas del Matrimonio
El misterio de la felicidad matrimonial, sí es un misterio. Porque independientemente de los dimes y diretes del hogar, hay algo que va más allá de las dificultades y acaba en solidez, en estabilidad, en comprensión y en admirable conjunción de caracteres.

Casarse es cosa seria, pero muy seria. Decían los viejos: "Antes de que te cases mira lo que haces". Y con razón, no se puede elegir a alguien para convivir, si no se le toma en serio. En la actualidad, se habla de gran disolución matrimonial, pero también el índice de matrimonios crece desmesuradamente. Y por cada tres matrimonios que fracasan, siete sobreviven. Sigue ganando la batalla la comprensión.

Las causas por las que más comúnmente un matrimonio fracasa, dicen los psicólogos, son las siguientes: La falta de consideración del marido. Su atracción hacia otras mujeres. Su egoísmo y desinterés en su compañera o compañero. El desarraigo del hogar, la bebida y la intolerancia.

La mujer también puede provocar desazones frecuentes. A ella se le achacan fracasos por: La manía de regañar al hombre. Su descuido en el gasto. Su mucho interés en otros hombres. Su chismografía, su desarreglo personal y sus muchas actividades fuera de casa.

En fin, que las mujeres y los hombres se entienden o se pelean, pero tienden a vivir juntos y el matrimonio da a ese deseo una solidez aceptable y fecunda. Hasta en las tribus más salvajes, el matrimonio se tiene como institución saludable.

Hay contradicciones y hasta ironías en el matrimonio. Recordemos algunas: "El amor a primera vista, generalmente es ciego". "El que se casa sin casa, fracasa"- "En el matrimonio, cuando entra la necesidad por la puerta, salta el amor por la ventana". "Esposo que no calla, es canalla". "Esposa que no llora, es malora". "Antes de insultar a tu mujer, mira lo que vas a hacer". "Esposo dormilón matrimonio remolón". "Esposa floja, hijos malcriados". Esposo enojón, líos a montón".

Y así, siempre. Pero a pesar de todo, hay gente que cumple setenta, sesenta y cincuenta años de casada. Y es gente feliz. Gente que convivió con un espíritu afín, con un amor sin tiempo. Gente cuya mirada está llena de gratitud a la vida.

Matrimonio, Célula de esperanza. Camino de luz con relámpagos oscuros. Y oportunidad para que dos seres se identifiquen y a través de los años, vivan la realidad de una honda y maravillosa fantasía: El amor.

Cerebro y Voz
Cosa en verdad traída y llevada es la comunicación. Necesidad humana desde la época de las cavernas, ha llegado a ser en nuestro siglo no sólo preocupación instintiva, sino ciencia total, carrera profesional y tecnología compleja y deslumbrante.

Pero en el fondo, ¿Qué es la comunicación...?

Es una ansia de darle al otro lo que nos entusiasma, lo que nos acongoja, lo que nos despierta una emoción o una idea. Darle con la palabra o con el gesto, con el grito o con la mirada, algo que hierve en nuestro interior queriendo saltar fuera de nosotros, para ello tenemos nuestro propio cuerpo, el lenguaje, la música, el teléfono, el radio, el correo, el telégrafo, el periódico, el libro, la televisión, la computadora, el correo electrónico, el Facebook, el Twitter y tantas otras cosas.

Pero... ¿Logramos comunicarnos...?

Cuidado con las fantasías. Una cosa es que disparemos datos sin ton ni son y otra es que eso que ofrecemos obtenga una respuesta. Para que ésta brote, lo que ofrecemos debe llevar la semilla de algo valioso y sencillo de algo efectivo y humano. La comunicación perfecta es la que despierta eso, un reflejo interior en el otro, una reacción viva que lo mueve a algo.

Busquemos la verdadera comunicación. La que despide estímulos auténticos, reactivos comunes, sondeos trascendentales. No nos quedemos en la comunicación superficial siempre, en la que sólo deja ecos, destellos, astillas de lo que pudo ser.

Y sobre todo, comuniquémonos con nosotros mismos. Con ese otro yo que espera interiormente un lenguaje verdadero, una palabra luminosa, una emoción fuerte y generosa, una idea valiente y oportuna.

No en vano dice en broma un letrerito: "Conéctate el cerebro antes de hablar". Es una ocurrencia con mucha, mucha filosofía práctica.


La Voluntad Férrea 
Los griegos, hace muchos siglos, calificaron a la voluntad como una de las facultades clave para la humanidad. La voluntad nos permite ejecutar fielmente una decisión tomada en nuestro interior. Y nos abre el campo de la acción, campo que es de tremenda importancia para la vida diaria.

Hay gente que se hace muy buenos propósitos. Pero no tiene voluntad para llevarlos a cabo. Hay otros que tienen miles de ideas, pero carecen de la voluntad suficiente para materializarlas. Los hay que sueñan y nunca hacen nada, sólo idean, vislumbran, planean. Pero, bien lo dice el refrán: "Del dicho al hecho, hay mucho trecho".

Gracias a la voluntad, todo es posible. La aplicamos a un presentimiento y nace un proyecto. La aplicamos al proyecto y resulta una realidad. Ella es la fuerza generadora de lo memorable del hombre. Voluntad de vivir, voluntad , de hacer reales las cosas que deseamos.

Qué formidable es recordar a aquel muchacho emprendedor, a aquella linda muchacha, quienes, de estudiantes sencillos, comunes y corrientes o de empleados sin mayor importancia, nacieron a una vida independiente, feliz, llena de esfuerzos y satisfacciones. Mediante la voluntad, naturalmente.

Misteriosa fuerza que se engendra en nuestro siquismo, la voluntad es una chispa, un deseo de hacer, una carga insólita que nos inclina a buscar aquello que deseamos ver frente a nosotros. Y en alto porcentaje, altísimo, quienes desean algo y ponen su parte de voluntad para encontrarlo, se salen con lo suyo.

Mediante la voluntad hallamos el camino que nos resuelve necesidades y ensueños. Voluntariamente nos entregamos a una rutina de trabajo para merecer una gratificación y voluntariamente repetimos una y otra vez algo que nos interesa, hasta que queda como lo deseamos. Esa inocente voluntad es la que vale: "Un gran talento está hecho de un diez por ciento de sapiencia y un noventa por ciento de insistencia".

Tengamos la extraña voluntad de cumplir con el deber diario y nos sorprenderemos como se fortalece para más amplios deberes. Quien no es grande en lo pequeño, difícilmente lo será en lo grande. Tengamos la extraña voluntad de hacer, día a día, algo más por nosotros mismo y por el prójimo. Necesitamos esa voluntad férrea.

Y obtendremos extraños e increíbles resultados.


Los Ratos Perdidos

Uno no tiene idea del tiempo hasta que lo ve perdido. Si sumáramos las horas que nos pasamos dormidos en 50 años de vida, no lo creeríamos: Más de 10 años nos la pasamos tranquila y necesariamente, dormidos.

Pero estos ratos que no descubrimos, esos minutos y esas horas en las que el ocio nos invade, suman años también, forman el gran catálogo de los ratos perdido, años acumulados en la nada, en la frivolidad, en el vacío del ya veremos qué hago. Ratos perdido que para muchos son simples pasatiempos y para otros, ni siquiera merecen un recuerdo.

El sueño es absolutamente necesario. Pero el ocio, no. El descanso es necesario pero el ocio lo convierte en tiempo muerto, que estorba y complica la tranquilidad interna.

Ocio es el no hacer nada, ni siquiera descansar. Descansar es hacer algo, entreteniéndose. Ocio es la absoluta pérdida de tiempo, sin conciencia alguna de su utilidad. Descanso es el aprovechamiento de ese tiempo, realizando tareas que relaja el sistema nervioso y que fortalecen la tranquilidad del yo interno.

Quien ve llover, simplemente, es el ocioso. Y quien ve llover recordando algo, inventando algo o soñando algo, ya sale del ocio para entrar en las posibilidad de un trabajo interior, fecundo al fin y al cabo. aunque no se traduzca en ninguna obra de arte o en ninguna muestra material.

Trabajar es la fórmula para realizarse íntegramente. Y no entendamos por trabajo solamente lo que tenemos que desarrollar para ganarnos la vida, sino toda la actividad que deja huella en el alma o en el exterior. Huella que puede ir desde un saludo oportuno hasta un cuadro inmortal. Trabajar es hacer algo por nosotros mismo, para nosotros mismo y para los demás.

Quizá el Creador al decir que ganaríamos el pan con el sudor de la frente nos quiso decir que nos obligáramos a hacer algo para sobrevivir. Algo fatigoso y al mismo tiempo gratificante. Algo que llenara esos ratos perdido en los que naufragan las gentes sin espíritu.

Quien no sabe qué hacer con el tiempo, ya está desintegrándose en él, sin remedio. Quien lo aprovecha, trabaja para sobrevivir, comprobándose simple y sencillamente como ser humano.


La Fuerza de la Debilidad
Todo el mundo es débil. Débil es el tiempo en que vivimos, débil el papel en que se escribe la constancia de que hemos nacido. Débil la gloria que logramos acumular en vida. Y débil la mortaja en que se nos envuelve, para ser devorados por el tiempo.

Débil es la voz de la conciencia, la razón del amor, la atracción de la carne y la ilusión de la inmortalidad.

Pero... ¿Que misteriosa fuerza se esconde detrás de esas debilidades, que ha permanecido inalterable a través de los siglos el deseo de sobrevivir, de trascender, de ir dejando una huella luminosa detrás de nuestra vida?.

Veamos la gran experiencia del caracol; se arrastra lentamente, inservible casi, por la pared del jardín. Y de su paso, solo queda un tenue hilo mojado que, al secarse, brilla como hilo de plata a la luz del sol. ¿Hay muestra más clara de la debilidad que la del caracol terrestre?. Su existencia vale unos cuantos metros, su casa se rompe hecha pedazos y de su vida, solo queda, si acaso, aquella hebra de plata que vive otras horas a la luz del sol...?.

Débil es la carne. Débil nuestra ambición. Pero fuerte hasta la eternidad nuestro propósito. Débil fue Adán, vendiendo por un breve placer su condición de paraíso. Y débiles los reyes que en el mundo han sido, que han vendido por una copa de soberbia todo un mundo de paz interior. Y débiles quienes han dicho: "Yo soy lo definitivo. Después de mi, todo será miseria..."

La fuerza de nuestra debilidad se esconde en nuestra capacidad de ensueño. Eso es lo que no se vence jamás. Soñar en algo que no tenemos, nos da la clave de la esperanza. Unos soñamos con el poder terrenal, otros con el poder del espíritu. Pero todos, unos como el Rey Midas y otros como San Agustín, soñamos lo que podemos ser. Y eso, como el caracol, nos lleva unos metros adelante en la pared del jardín.

Y esa hebra de plata ¿qué era un principio...? Un simple hilo de agua, densa, viscosa, inútil, despreciable. El tiempo la convierte en testimonio simple: "Aquí alguien pasó y de su esfuerzo, queda una esperanza".

Hagamos de nuestra debilidad la fuerza de nuestro destino. Y en la pared de lo eterno, se escribirá nuestro ensueño. Y Dios volverá a tener misericordia de tanto caracol con sueños de águila invencible.





martes, 18 de diciembre de 2012

Un viejo amigo


Ayer nos encontramos después de 25 años de andar por aquí y por allá. Su adolescencia de aquellos años, ahora es madurez. Mi juventud de entonces ahora es comprensión. En su mano extendida, en su abrazo cordial, un gran afecto. En mi recuerdo fiel, en mi sentimiento de hoy, lo mismo.

Extraña dimensión del tiempo. Rara manera de comprobar que uno es el mismo a pesar de todas las diferencias. Se pasan por alto penas, distracciones, necesidades y esperanzas. Y se regresa a aquello que se vivió de niño, a aquello que yace en el fondo del subconsciente quizá, como manantial inagotable de luz viva, de confianza cierta, de amor ajeno a toda pasión desequilibrante.

Parece que la vida es algo serio, pero si no la vive uno con una buena sonrisa, se convierte en algo trágico. "Estas igual..." "Hombre, casi no has cambiado nada..." Y otras cosas que sabemos piadosamente son mentiras, brotan en la charla.

No estamos igual. No somos los mismo. Es cierto que en el fondo, el efecto es permanente. El contenido es idéntico, pero... el continente, no. Hemos cambiado ya varias veces de células totales, hemos sufrido la conmoción de días y noches perdidas, la miseria de horas muertas, la angustia de minutos cruciales. Y nosotros, vamos aquí, diciéndonos, que estamos igual.

No, amigo mío. Somos en espíritu, la permanencia pura. Pero en espacio y tiempo, no. Hemos cambiado mucho. Se nos ha acumulado lloviznas de soledad, nieblas de olvido, tempestades de amores y amarguras. Y eso, nos ha hecho cambiar esa fachada que conocemos por rostro, esa apariencia que llamamos cuerpo, esa actitud a la que llamamos vida.

Nuestro encuentro despierta la ilusión de no hacerlo, de haber detenido el tiempo, de querer comprobar que todo está igual, y sin embargo...

Las cosas tienen que ser así. Inútil que digamos palabras y palabras. Hemos cambiado todos, porque es el destino de la existencia misma. El cambio es requisito, es ley, es herencia y destino. Lo que sí es admirable es que nuestra permanencia en el afecto, viva aún su momento verdad. Porque si nos vamos desmoronando lenta y armoniosamente, no nos destruiremos espiritualmente igual. Nos deben salvar el amor, la amistad, el afecto sencillo y verdadero.



El Supermercado de la Muerte
Ya hubo hace tiempo, una película italiana que causó un impacto tremendo por lo que relataba sobre los médicos indignos. Esta película "La mafia blanca", expuso al gran público lo que la medicina podría ser, lo que es en muchísimos casos: un desalmado y cruel supermercado de la muerte.

Hay médicos y médicos. Ni duda cabe. Pero ay de nosotros si caemos en las manos de quienes hacen de la profesión una oportunidad para juntar millones, en vez de solucionar problemas. Seremos simples moscas atrapadas en la red pegajosa del interés multiplicado.

Hay otra película reciente, que describe cómo en los hospitales se aprovecha al enfermo para convertirlo en simple conejillo de indias: "Coma..." Película aterradora que nos descorre una vez más la cortina que oculta los intereses bastardos, las intenciones miserables, los proyectos malignos.

Y el médico, como ser humano, pasa una vez más al banquillo de los acusados. Aunque sea una simple novela, resulta desesperante imaginarla como realidad.

Es cierto que el supermercado de la muerte ya tiene sus ofertas y promociones propias. Es cierto que la salud en ocasiones desaparece como objetivo y es sustituida por el fantasma de la riqueza. Y es cierto que muchas cosas que nos costarían centavos en realidad, dentro del campo de los consultorios, de las farmacias y de los hospitales, nos salen costando miles de pesos.

Porque curar ha perdido su sentido original: Cuidar, porque hay médicos que al descubrir una seria enfermedad, hacen cálculos de cuánto puede dejarles el enfermo. Y porque, lamentablemente, somos humanos. Y la tentación de una jugosa operación en vez de un tratamiento adecuado, es demasiado atractiva.

Hay médicos también que hacen de su profesión un diario apostolado de digna admiración. A quien puede, le cobran lo justo. A quien no tiene le dispensan la cuota y hasta le regalan medicinas. Estos médicos ennoblecen su profesión silenciosa y cristianamente. Y siempre a su tiempo se les encuentra y se les reconoce.

Para los otros, que esperamos siempre sean pocos, para los que atienden encantados el gran supermercado de la muerte, nuestro rechazo, nuestra reprobación.

Porque han convertido su juramento de Hipócrates -si es que algún día lo hicieron- en pretexto para transformar miserablemente los microbios en monedas.

Desdichado y maldito el bisturí en vez de abrir una rendija de esperanza  sólo abre, despiadado y consciente, una feliz cuenta bancaria.


La Naturalidad

Nadie le concede crédito de virtud, nadie le ha dado título de disciplina, a nadie se le ha ocurrido hacerla parte de una profesión humana. Diríamos que es como el agua, que debe estar en todas parte, pero solo se nota que existe, cuando falta. Es, amigos nuestros, la naturalidad.

Podemos pensar que es una forma de vivir, de acuerdo a lo acostumbrado por las leyes del cosmos. La naturalidad no encierra otro prodigio que el de acompañarnos en el equilibrio, ayudarnos en la vida diaria y auxiliarnos con su viento de frescura en los momentos de confusión y caos.

Hace siglos, un filósofo chino, Chuang Tsé, escribió esta pequeña fábula: "Qué entiendes (preguntó el espíritu del río) por lo natural y lo artificial...? Los caballos y los bueyes, contestó el espíritu del océano, tiene cuatro patas. Eso es natural. Pon un cabestro sobre la cabeza de un caballo o asa una cuerda por la nariz de un toro, eso es superficial". Por lo tanto se ha dicho: "No dejes que lo artificial se sobreponga a lo natural. No dejes que el deseo se sobreponga a lo natural. No dejes que la virtud se sacrifique a la fama". Observa estos preceptos con naturalidad y sin temor al fraca so, serás guiado ala verdad".

Palabras del sabio Chuang Tsé que transparentan su anhelo de autenticidad.

Porque ser natural es buscar lo que nos pertenece, sin pretensión alguna. Sin agregarnos el ropaje inútil, la palabra que sobra, la joya que distrae o el gesto que provoca desesperación en los demás. ¿Has visto y sentido cómo son el agua, el viento, el sol, el trino de un pájaro, el vuelo de una golondrina...? Son naturales. Ese es el secreto de su inmortalidad.

Lo artificial, lo postizo, lo agregado inútilmente, pasa pronto. Porque pretender ser verdad y son mentira. Hay cosas artificiales necesarias, que nos compensan una falla o un defecto. Esas, es natural que las usemos. Lo que no es natural es que hagamos de lo artificial un completo sistema de vida.

En la idea, en la palabra, en la acción, seamos naturales. Tratemos de serlo al menos, que ya es un principio de sinceridad. El arte es un trabajo estético válido, pero no lo es lo artificial. También hay obras de arte naturales, auténticas, humanamente valederas no artificiales.

Lo que no nos podemos permitir es vivir en el artificio, vivir de lo artificial, porque esconde la verdad, corroe el alma, debilita la mente y nos prepara a ser hombres o mujeres esclavos de la apariencia, madre insaciable de la vanidad y de la pequeñez de espíritu.

Un viejo amigo

Ayer nos encontramos después de 25 años de andar por aquí y por allá. Su adolescencia de aquellos años, ahora es madurez. Mi juventud de entonces ahora es comprensión. En su mano extendida, en su abrazo cordial, un gran afecto. En mi recuerdo fiel, en mi sentimiento de hoy, lo mismo.

Extraña dimensión del tiempo. Rara manera de comprobar que uno es el mismo a pesar de todas las diferencias. Se pasan por alto penas, distracciones, necesidades y esperanzas. Y se regresa a aquello que se vivió de niño, a aquello que yace en el fondo del subconsciente quizá, como manantial inagotable de luz viva, de confianza cierta, de amor ajeno a toda pasión desequilibrante.

Parece que la vida es algo serio, pero si no la vive uno con una buena sonrisa, se convierte en algo trágico. "Estas igual..." "Hombre, casi no has cambiado nada..." Y otras cosas que sabemos piadosamente son mentiras, brotan en la charla.

No estamos igual. No somos los mismo. Es cierto que en el fondo, el efecto es permanente. El contenido es idéntico, pero... el continente, no. Hemos cambiado ya varias veces de células totales, hemos sufrido la conmoción de días y noches perdidas, la miseria de horas muertas, la angustia de minutos cruciales. Y nosotros, vamos aquí, diciéndonos, que estamos igual.

No, amigo mío. Somos en espíritu, la permanencia pura. Pero en espacio y tiempo, no. Hemos cambiado mucho. Se nos ha acumulado lloviznas de soledad, nieblas de olvido, tempestades de amores y amarguras. Y eso, nos ha hecho cambiar esa fachada que conocemos por rostro, esa apariencia que llamamos cuerpo, esa actitud a la que llamamos vida.

Nuestro encuentro despierta la ilusión de no hacerlo, de haber detenido el tiempo, de querer comprobar que todo está igual, y sin embargo...

Las cosas tienen que ser así. Inútil que digamos palabras y palabras. Hemos cambiado todos, porque es el destino de la existencia misma. El cambio es requisito, es ley, es herencia y destino. Lo que sí es admirable es que nuestra permanencia en el afecto, viva aún su momento verdad. Porque si nos vamos desmoronando lenta y armoniosamente, no nos destruiremos espiritualmente igual. Nos deben salvar el amor, la amistad, el afecto sencillo y verdadero.



La Voz del Pueblo
Es incontenible, es esencial, es palpable.Porque la voz del pueblo nace aquí y allá y se une como un torrente incontenible de verdad elemental y primitiva.

Nos tranquiliza escucharla ahora. Nos da gusto comprobar que hay fe en lo que expresa. Firme y clara fe en que el trabajo y nada más que el trabajo, será una solución para la patria y para y para nuestros hogares. Esa misma voz del pueblo que no se aparta de la verdad, afirma su idea de confianza y de honda esperanza en el futuro. 

Todos los sociólogos del mundo no podrían aportar con sus análisis y estudios, con sus conclusiones y teorías, la limpia experiencia de escucharla, la emocionada sencillez de su vitalidad. Es la voz del pueblo, ahí, acá, por todas partes. Estamos creyendo en algo, confiamos en algo, esperamos con sinceridad algo, por encima de todos los problemas naturales de la evolución histórica.

A quien nos diga que todo será igual, les responderemos que jamás habrá un día igual a otro día. Para bien o para mal. Y en este caso, es para bien. Hay la mano firme del empresario tendida a la mano amiga de quien gobierna, la mirada sencilla del trabajador contemplando un camino de lucha y esfuerzo, pero también de esperanza y de ideas. La sonrisa de la mujer junto a la ilusión del niño, la energía del joven al lado de la experiencia del hombre maduro.

Oyendo la voz del pueblo, hallando una fórmula para vivir en paz, buscando un desfiladero menos peligroso, explorando en esta selva de posibilidades, hasta decir: Aquí, ésta es la ruta, éste es el acuerdo, ésta es la palabra amiga, la solución lógica y sin aspavientos. La vida debe ser así, natural, fresca, dinámica y llena de empuje creador.

Es la voz del pueblo la que oímos. Cierto que todos tenemos problemas, pero también cierto que todos podemos aportar soluciones. No es con el grito exasperado, ni con la agresión vacía, ni a base de enfrentamientos como el hombre halla lo suyo. Es solamente con buena voluntad, con deseo de entendernos, con gana de caminar hacia una meta de paz y progreso como podremos salir de la encrucijada de la economía, de la inflación, de la pobreza y de la confusión.

Todo lo angustioso queda atrás. Solo existen las posibilidades de ser mejores, de vivir y sobrevivir a base de trabajo y esperanza. Y que la voz del pueblo nos acompañe, para escucharla, para entenderla, para realizar dentro de lo posible, sus auténtica aspiraciones: Paz y trabajo, comprensión y felicidad cotidiana.



Caprichos y Ocurrencias

No solamente en nuestros días hay locuras, en la historia,encontramos muchas, muchas cosas que se antojan fuera de este mundo... loco y desorbitado. Por ejemplo:

El doctor Carlos Francisco Félix, al operar de una fistula al Rey Luis Catorce, recibió en 1689 el equivalente de siete millones de dólares por la operación y un título de nobleza a perpetuidad... El pintor Edgar Degas, autor de famosos cuadros que representan a la naturaleza, era alérgico a las flores. Verlas u olerlas, le producía nauseas durante días enteros...

El obispo Alonso Tostado, monje del convento de Avila, en España, escribió un libro cada semana durante 35 años. Un total de 1,820 libros. Ninguno de ellos se lee en la actualidad.

El músico italiano Gioachino Rossini, famoso por óperas tan bellas como El Barbero de Sevilla, tenía que comer durante los últimos años de su vida en mesas especiales. Debido a su enorme estómago, no podía acercarse a una mesa normal, había que hacerle un enorme agujero o cortadura.

La herencia más enorme dejada por alguien hasta la fecha, fue la del Rey Ptolomeo, de Egipto. Ascendía a 88 billones de dólares actuales. Sus herederos lógicamente, se mataron unos a otros tratando de obtenerla.

Lord Byron, famosos poeta inglés,fue severamente castigado por la iglesia de su tiempo. Bebía vino en una copa hecha de una calavera humana. Nunca se arrepintió de esa extraña costumbre... Aristos, un músico griego en el año 309 después de Cristo, tocaba la flauta en el templo de Júpiter. Mandó desnudar y azotar a cuatro discípulos que encontró comiendo dentro del templo del Dios Griego... Juan Nepomuceno, un muchacho ayudante del español Pánfilo de Narváez, causó la muerte de ¡tres millones de indios! Trajo a la Nueva España la fiebre tifoidea, en el año 1520...

Los estudiosos del lenguaje han encontrado una respuesta increíble a la pregunta  de Poncio Pilatos, hecha a Cristo. En latín Pilatos preguntó: "¿Qui est veritas?" "¿Qué es la verdad?" "Es el hombre que está frente a ti..." Ni una letra más, ni una letra menos...

Este loco, loco mundo, no sólo tiene sus caprichos el día de hoy, los ha tenido desde hace siglos. Y son caprichos, ocurrencias y sucedidos que nos dan la clave del asombro... y de la filosofía...








sábado, 13 de octubre de 2012

Gente Avispa y Gente Abeja


Hay en el reino animal, inacabables ejemplos de ingenio y de hábitos insospechados. Entre todos los animales, hay unos, los insectos, que forman el ochenta por ciento de los animales vivos. Y son los insectos los que a veces consideramos como  seres indefensos o inútiles.

Meditemos:

La abeja es símbolo de trabajo y fecundidad. Su tarea de recoger miel no sólo es legendaria, sino indispensable para la multiplicación de las plantas. Al tomar una gota de miel, acarrea en su cuerpo los elementos de fecundación entre las flores, fecundación que tendrá resultados espléndidos: Nuevos frutos, nuevas semillas, nuevas plantas.

Hay otro insecto común, pero completamente inútil y hasta nocivo: La mosca. Su terquedad por encontrar cosas descompuestas, es sistemática y acarrea en vez de trabajo, polen fecundizante, microbios destructores.


Y entre ellos dos, recordemos a la avispa. Si la abeja es símbolo de trabajo, ¿la avispa de que? Podemos decir que de la soledad constructiva, de la existencia silenciosa y de la agresión relámpago.

Las avispas son seres milenarios, como las abejas, su aspecto es mas temible que útil, su vida más apartada que vistosa, su utilidad más oculta que conocida. Si la abeja es trabajadora y la mariposa es adorno, la avispa es trabajo secreto. Algo así como ermitañas del reino alado de los insectos.

Pero, observándolas, nos damos cuenta de que no son estériles. Sus hábitos son admirables. La construcción de sus avisperos, puede servir de modelo a los mejores ingenieros y arquitectos, Y la previsión por su especie, da idea de su celo por sobrevivir. Inventoras prácticas del cemento, temibles, cuando se les molesta, unidas para el bien o para el mal, las avispas forman comunidades ejemplares.

Hay gente avispa. Gente abeja y gente mosca. Quizá el ejemplo de la avispa sea el ejemplo para los trabajadores del espíritu. Apartados, ocultos. Fieles a la comunidad del alma y terribles cuando se les ataca el derecho a su soledad. Respetemos ese derecho a vivir como se quiere, mientras no se interfiera con la vida de las demás especies fraternales.

lunes, 17 de septiembre de 2012

La Admiración Gratuita... esos "fans"


En este mundo actual, notamos que hay artistas, actores, deportistas, escritores que desarrollan a su alrededor una fuerza de simpatía que se convierte en admiración ciega por pare de miles de personas. Estos son llamados "Fans", fanáticos, seguidores incondicionales de la estrella que tanto los emociona.

En la televisión, en el teatro, en los conciertos, notamos cuando estos fanáticos hechan a andar su fiebre de admiración con gritos, aplausos, silbidos, patadas y demás accesorios del entusiasmo.

¿Es esto síntoma de una enfermedad? ¿Es acaso una deformación de nuestros tiempos modernos? ¿Significa el grupo de fanáticos un cáncer psicológico sobre las buenas costumbres? ¿Esas niñas y muchachos histéricos serán acaso el basurero de la sociedad, basurero lleno de fantasías inútiles?

¡Cuidado! Cuidado con las afirmaciones apresuradas. Es no sólo injusto sino apresurado lanzar una invectiva o una maldición sobre ese grupo amorfo e inevitable de los fanáticos. ¿No podrán ser esos muchachos, esas señoras y esos señores gentes como usted y yo, pero con una fe extraordinaria en algo que los emociona? El hecho de que desarrollen su actividad alrededor de un ídolo, no les quita mérito. Nosotros, las personas "serias y respetables", también nos agrupamos alrededor de nuestros ídolos religiosos, científicos o políticos y aplaudimos discretamente aunque por dentro estemos a punto de estallar en alaridos, lágrimas, silbidos y hasta patadas de emoción. Lo único que nos detiene son unas cadenas invisibles: Las cadenas de las "buenas costumbres".

¿Que preferiríamos? ¿Que los fanáticos en vez de aplaudir a un cantante se dedicaran a cultivar el ocio en forma negativa? ¿O acaso desearíamos que esas muchachas y muchachos desahogaran su energía juvenil arando el campo, pintando paredes o acarreando ladrillos ¡Qué inocencia la nuestra si pensamos así!

Desde los tiempos primitivos la admiración exagerada se muestra alrededor de un totem, de algo mágico, de algo sobrenatural. Un cantante, un bailarín, un Conferencista, un político, cuando lo son de corazón y en gran escala, despiertan a su alrededor fanáticos irremediables.

Soportemos este fanatismo inocente que lo peor que puede causar es griterío o escándalo momentáneo, unas cuantas sillas rotas o unos arañazos al ídolo del momento. Cuidémonos de los otros fanáticos, de los que llevan el odio como ídolo interno, la sangre como ideal y la venganza como griterío milenario.

¡Y de esos fanáticos, líbranos Señor!






jueves, 16 de agosto de 2012

La Gran Tecnología del Espiritu

Vamos de asombro en asombro. La técnica avanza maravillosamente y cada día nos sorprende con nuevos descubrimientos, con increíbles inventos y con máquinas que no sabemos si son de ciencia ficción o en verdad existen para uso del hombre.

Y a propósito de ello, vuelve a renacer el conflicto tremendo entre los valores del alma y los valores de la simple materia. La pugna lógica entre quienes desean ser completamente espirituales y quienes apoyándose en la ciencia, hacen del espíritu un fantasma pasado de moda.

Pues, ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre. Alma y tecnología no se contradicen, sino que se complementan. Porque, ¿podemos imaginarnos a la tecnología nacida del azar, como producto simple de casualidades humanas...? Todo invento tiene su base en la inteligencia y esa inteligencia se apoya en un soplo vital que va más allá de un sistema nervioso o de un cerebro de kilo y medio de peso. Y a eso, le llaman espíritu, alma, psique, soplo divino en esta frágil materia humana.

El peligro dela tecnología es que nos quiera reducir a simples esclavos. Muchos científicos han declarado que el hombre debe ser creador y señor de lo que hace, nunca dependiente y sujeto a lo que inventó. Sería absurdo que en vez de alimentar y controlar las computadoras, fuéramos sus ciegos servidores, sin reflexionar hasta dónde la máquina va a cometer errores provocados por nosotros mismos.

Esta bien que lleguemos a la Luna. Que enviemos como raza humana satélites exploradores hacia el cosmos exteriores. Pero junto a ese despliegue técnico, se impone la otra cara de la moneda: ¿Hay otra tecnología que nos explore la propia Tierra, el propio espacio en que pensamos, sentimos y padecemos nuestra condición humana...?

¿En dónde están los satélites para trasmitir las posibilidades de la verdad...?  ¿Las computadoras para enriquecer la nobleza, ahondar la caridad, extirpar el odio y promover la organización de la alegría, ya se construyeron...?

Triste y desoladora sería la respuesta. La tecnología aún no se ocupa de explorar las posibilidades del psiquismo humano. Y no como curiosidad simple, sino como necesidad urgente... ¿Qué acaso no necesitamos de mayor claridad en el pensamiento y de mayor precisión en el amor...? ¡Ay del mundo que se pierde en los laberintos de la química y la física y olvida el horizonte de lo humano...! Preciso es reflexionar en ello.











jueves, 14 de junio de 2012

Profetas, Soldados, Apóstoles de la Cultura


Sí, los he visto. Ellos son. Hombres y mujeres, muchachas y muchachos enamorados de la cultura. Aman la música, simpatizan con la palabra escrita, casi adoran las emociones auténticas, cuidan sus libros y los hacen leer: Juntan discos, dibujos, fotos, recortes y frases. Coleccionan recuerdos, clasifican ensueños y logran verdaderos catálogos de esperanza. 

Son los profetas, soldados y apóstoles de la cultura verdadera.

Cultura que no es aquella equivocada de los muchos libros o los muchos viajes. Cultura simple como una gota de agua. Cultura que nace del alma como inquietud por lo verdadero, lo hermoso, lo digno, lo justo o lo amoroso trascendente.

Respeto esa cultura que fomenta el respeto. Ese cultivo del corazón que madura en palabras cordiales, en oraciones fecundas, en frases que ayudan a sobrevivir. Respeto esa cultura que debe su luz en el viento, en los atardeceres, en la sonrisa de un niño o en la lealtad de un amigo. Cultura que es la fórmula secreta de la sabiduría en contra de aquella necedad que presumen los doctos, los intoxicados por dar una información libresca que no han sabido dirigir a tiempo.

Bendito el ignorante educado, porque ése podrá ser culto. Desdichado el sabihondo pretencioso, porque de él, es el reino del olvido.

Cultura es cultivo. Y quien atiende un huerto de soledad interior y lo florece en lágrimas o sueños, es digno de caminar eterno. Quien cultiva lo que verdaderamente es, obrero, costurera, carpintero, campesino, quien dice "aquí estoy" con sencillez auténtica, ése, está cultivándose en verdad.

Quien ostenta sus títulos y exhibe con fatuidad su alma, ése falla en su deber humano de cultivar el huerto de su espíritu. Lo llena de flores exóticas y de hierbas a la moda, pero nada más. Se olvida de lo humano del trigo, de lo útil que es una flor. Ese que se complica la razón con demasiadas sin razones, merece su locura.

Seamos como ellos, como esas muchachas y muchachos que buscan su verdad, que dicen su poema, que cantan una canción, inventan un sueño, o crean la ansiedad del amor por dondequiera. Ellos son nuestro ejemplo de cultura sencilla. Ellos, junto con tantos seres que en el silencio de su rutina diaria y fatigosa descubren lo valioso, son los que hacen la cultura.

Cultura que no es de masas, ni de mesas, ni de mozas, ni de misas, ni de musas. Cultura que es, fundamentalmente, calidad humana, simple y sencilla calidad humana que entrega su deseo de encontrar lo eterno.

Profetas, soldados, apóstoles. Jóvenes, viejos mujeres, hombres, niños, todos al fin. ¡Qué batalla tan luminosa se gana, día a día, con su ejemplo de amor a lo que vale! Para ellos, nuestra palabra de apoyo, de aliento, de admiración y respeto.

No, no lucharán en vano. Son los héroes de esta batalla sin fin contra los dinosaurios de la técnica, contra la sombra del odio, contra la fábula triste que pretende subrayar la inutilidad del amor sobre el planeta Tierra.

El Poder de la Infancia

Cuentan que Temístocles, un general ateniense que gobernaba Grecia, llamó un día a su hijo de siete años y le dijo: "Hijo mío, eres el ser más poderoso de la tierra... El niño, ingenuamente preguntó: "Por qué, padre?" A lo que el general respondió, entre pensativo y sonriente:

"Porque yo gobierno al mundo, tu madre me gobierna a mí y tú gobiernas a tu madre".

No deja de tener claridad esa vieja anécdota de hace siglos. Lo que dice un niño es sagrado. Y los padres lo saben. El poder de la infancia es tal, que son innumerables las vidas ofrendadas por salvar la vida de los niños.

El adulto vivió ya, tiene un ciclo vital cumplido o al menos desarrollado en gran parte. El niño, reclama para sí, la posibilidad de ser, la necesidad de ir a través del tiempo, desarrollando su propia manera de existir.

La infancia tiene sobre el adulto un poder mágico. Saber que así fuimos todos, ingenuos y felices, nos hace caer en algo así como el remordimiento y la nostalgia, entre la desesperación y la ternura.

Hay en la infancia una fuerza definitiva que persuade, que inunda y que arrastra. Es la virginal manera de contemplar el mundo. Y ahí estamos los adultos en el dilema de querer ver a los hijos así, inocentes y confiados y por otra parte, tener que hacerles consciente lo que es la realidad, no apta precisamente para ángeles o para pájaros cantores.

El poder de la infancia debe ser aprovechado, nutrido por magias superiores y precisas. Por fuerzas que maduren, orienten y fecunden ese deseo simple de vivir. Somos los responsables ante ellos si no les damos, junto con el calor de padres amorosos, la seguridad de un mundo más digno y suficiente.

El niño es la explosión de la vida. El adulto la vida explotada ya, hecha pedazo en el camino de la experiencia. Juntas unos cuantos pedazos con algo de amor y poder decir a un niño: "Ten, hijo mío, es lo que yo aprendí, ojalá y te sirva para no equivocarte, eso, es humano. Y necesario.

Cultivemos, con respeto, luminosidad y confianza, a la niñez del mundo.

De eso no nos habremos de arrepentir jamás.

lunes, 28 de mayo de 2012

La Multitud Solitaria

Está ahí. Somos parte de ella. La forman hombres y mujeres que viven por vivir, sin más aliento que buscar comida y distraerse un rato. Multitud que se forma insensiblemente, ajena a lo que puede ser un valor supremo en la vida, una manera de descubrir el verdadero rostro del amor, atada a una rutina triste y fría. Es la que no ve más allá de la mecánica simple: Nacer, crecer, reproducirse y morir.

Sociólogos y sicólogos la persiguen para analizarla, para sacarle un contenido, un por qué, un para qué. Y se estrellan con algo extraño: Una niebla de seres humanos, que al intentar atraparlos, se escapan entre los dedos como jirones de sombra. Ellos y ellas viven al margen de lo personal, de lo individual pleno, son... multitud. Y están solos.

En toda ciudad, hay gente triste. Hay personas que no alcanzan a definirse como seres propios, valorados. Y caen, poco a poco, en la ubicación gris y desvaneciente de la multitud solitaria. Y cuando se dan cuenta, ya son algo más en medio de algo que no entienden qué es. Y siguen, angustiados y a solas, ese ritmo de vida que aniquila y deshace toda voluntad. 

Cuidemos de ser alguien que ingrese a la red de incomunicados. De ajenos a los demás. La soledad es saludable, en cuanto permite nuestra evolución íntima, pero si es soledad se acrecienta y se multiplica sin cesar, caeremos fácilmente en las garras del aislamiento crónico, de una soledad ya no benéfica, sino venenosa y al mismo tiempo, inquietante.

Hablar de algo que tenemos en común, vivir conviviendo un hecho amable, decirle al que nos acompaña cosas sencillas, pero auténticas. Eso vence la soledad. Y la fortalece en su verdadero sentido de intimidad sagrada. Leer un libro juntos. Tener un tema de conversación que vibre, como pequeña luz, entre los demás y nosotros mismos. Eso, ya nos identificará, nos apartará de aquello monótono y gris, de aquello solo y desganado. De eso a lo que han dado en llamar multitud solitaria.

La palabra, la idea, la emoción. Todo se debe compartir. Y al repartirse con afecto, se multiplican en su fuerza y en su virtud enaltecedora. Total, la vida es algo como una pequeña moneda, que debe gastarse como la única, pero nunca guardarse como la irrecuperable, ni tirarse como la cosa inútil. Moneda circulante, precisa, necesaria a los demás y a nosotros. 

Símbolo de algo que nos prestaron y que tendremos que regresar, con réditos justos, claros, cotidianos y eternos.

lunes, 2 de abril de 2012

La Probabilidad

La probabilidad es la oportunidad que tenemos para que suceda algo. Es probable que llueva, es probable que nos aumenten el sueldo o también es probable que caigamos enfermos o que perdamos la amistad del prójimo. Lo que puede suceder dentro de la lógica y dentro de la razón, lo llamamos probable.

Los científicos después de largos estudios han estructurado una "Ley de las Probabilidades" para darnos a entender que la probabilidad no obedece al azar, a la casualidad o a la suerte. Obedece a una serie de hechos que nosotros provocamos o que están alrededor nuestro. La probabilidad de que nos saquemos la lotería, depende del hecho de que compremos o no un número. La probabilidad de que nos mojemos o no al salir a la calle depende de si está lloviendo o no y si llevamos paraguas o simplemente salimos a la calle en camiseta. 

La Ley de las Probabilidades no tiene nada que ver con nuestro capricho. Ella explora y busca la probable que sería un hecho en medio de una rutina determinada. Hay un alto promedio de probabilidad de que nos falle el corazón en un momento dado y hay un escaso por ciento de probabilidad de que nos caiga un aerolito en la cabeza. En fin, que la probabilidad no es más que un hecho que se nos aparece de pronto por sorpresa pero que puede alterar positiva o negativamente nuestra vida.

Lo que sí es muy probable es que nosotros realicemos actos que provoquen a nuestro alrededor reacciones y  no debemos de asustarnos de los resultados. Si a nuestro alrededor sembramos comprensión, paciencia y bondad, es probable que recibamos como respuesta lo mismo. Pero si somos agresivos, intolerantes y necios, la probabilidad será que mucha gente estará en contra nuestra. Es muy importante entonces manejar en la vida diaria nuestras propias probabilidades. No dejemos a la casualidad nuestra tranquilidad, no abandonemos aún quién sabe nuestro futuro inmediato. Acostumbrémonos a pensar de acuerdo a nuestra propia ley de probabilidades: Si siembro vientos recojo tempestades. Si siembro una semilla me habrá de florecer un árbol.

A un filósofo chino le preguntaron que cuál sería la frase que encerrara toda la sabiduría del mundo para un ser humano. El hombre aquél después de un instante de silencio respondió: "No hagas a otro lo que no quieras para ti, ni pienses de otro lo que no quieras que piensen de ti." Con sólo meditar y practicar esta sencilla frase nuestra vida puede cambiar y caer dentro de la probabilidad del triunfo y de la paz interior.

lunes, 27 de febrero de 2012

EL DESEO DE VIVIR

Cuanta gente nos dice que la vida hay que vivirla a fondo, sin dejarle un resquicio, agotándola en todo. Y cuanta gente que opina así, equivoca el camino de una vida auténtica, convirtiendo el profundo deseo de vivir en carrera de agotamiento por la vida.

Leemos que en estos tiempos hay que acelerarlo todo. Y enmedio de ese espejismo de velocidad, incluimos la propia vida. Acelerar el placer, el amor, las ilusiones. Todo hay que acelerarlo. ¿Para qué...?  Para precipitar aquello de lo que huimos: La enfermedad, la soledad, la muerte.

Leemos que el consumo de medicinas inútiles es alarmante. La manía de tomar pastillas para todo ya es común. Y junto con ello, la puerta falsa de las drogas, facilita "el acelere". Y nuestro organismo, ya sujeto a la tensión, a las preocupaciones, a la angustia ambiental de un mundo desquiciado, se corroe por dentro y se desmorona gracias al cultivo erróneo de esa ansia de vivir.

Vivir, yo creo, es agotar las posibilidades naturales de la propia sensibilidad. Es ganarse cada día el pan de la palabra y del amor, con el sudor del corazón, pero un corazón limpio y sincero, lleno de la fuerza que da una conciencia en paz con la justicia  y con el prójimo. Si a cada hora de nuestra existencia le sacáramos lo propio, lo auténtico, lo esencial, nuestra ansia de vivir estaría plenamente satisfecha.

Pero hacemos lo contrario. Nos llenamos el alma con semanas de soledad, de vacío espiritual, meses enteros de no renunciar a algo por amor a alguien o a nosotros mismos. Y luego, viene el ansia de compensar todo aquello que es triste y sin sentido, con el "ansia de vivir". Somos como pájaros enmudecidos por el egoísmo y la vanidad, que, al darse cuenta del tiempo perdido, tratan de compensarlo con gritos desgarradores y destemplados.

Cuidado con el ansia de vivir. Démosle su sentido adecuado. Distribuyamos lo propio, lo nuestro, lo valioso, en etapas lógicas. En esta hora, este día. En esta semana, mes o año.

Y así tendremos siempre la conciencia de la plenitud, de la hondura de una existencia en la que no hay angustia, sino sensación de entrega, vida cuya ansia se disuelve para convertirse en fuerza interior indestructible y tranquilizadora.

ESO QUE SOMOS... UN BREVE POLVO QUÍMICO

Si nos quitaran toda el agua de nuestro organismo, toda, sólo quedaría de nosotros un breve polvo químico, que cabría en una cajita de cerillos y que valdría, según los conocedores, no más de tres pesos.

Es el polvo, nuestro principio y nuestro fin. Nuestro poema y nuestra realidad. El nos rodea, nos persigue, nos enamora y nos pervive. En forma imperceptible, se nos acumula encima del cuerpo y del alma, alrededor del recuerdo y junto a toda esperanza posible. Aquella frase de los miércoles de ceniza: "Polvo eres y polvo te convertirás", parece ser no sólo una verdad, sino todo un destino deslumbrante.

No lo vemos y nos devora. No lo sentimos y nos asfixia. No lo atrapamos y nos encierra. Extraña ubicuidad, extraña forma de existencia muda que conduce a una sola palabra: Nada.

Polvo muerte-vida, visible invisibilidad, recordado, olvidado y por qué no, telar maravilloso de la humanidad viviente, en el que se dibuja, a través de los años, la vanidad del poder, de la gloria y de la edad.

Lo cantan los poetas, lo analizan los químicos, lo persiguen los escrupulosos, lo dignifican los sabios, lo provocan los políticos, lo usan los libros como adorno sin fin. Y lo rechazan quienes valen tanto como él.

¡Cuantas veces después de un instante verdadero de pensamiento vivo, quedamos hechos... polvo!

Hermano de la ceniza amenazante, primo del lodo redentor, padre inmemorial de los cementerios adecuados, hijo del propio olvido y amante de las telarañas invencibles, es el rey de la creación. ¡La última palabra que valdrá sobre el planeta tierra!

Los que entienden de amor, lo aman sobre las cartas viejas y amarillas. Los que no saben de envidia, lo santifican sobre sus manos encallecidas. Los que llevan sobre su alma la vanidad y el orgullo, lo temen más que el demonio. Porque les recuerda lo que dura su altanería cotidiana y estúpida.

Polvo hermano, diría San Francisco. Polvo sabio, exclamaría Santo Tomás. Polvo amigo, según afirmó Santa Teresa de Avila, hojeando libros de fresca poesía. Polvo. Camino y fin. Origen y presencia. Realidad que de tan real, no existe para todos. ¡Sólo para quienes recuerdan olvidando!